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miércoles, 23 de noviembre de 2011

AUTOBIOGRAFÍA - ANÓNIMO- 3RO 2DA

Recuerdo a casi todas mis maestras y profesores del jardín de infantes, el primario y el secundario en el Colegio Balmoral. Me parece ver sus caras, y a cada cara le agrego un nombre y hasta el apellido. Fueron 14 años en la misma institución educativa junto a los mismos compañeros, alguno que otro se cambió de colegio, pero la mayoría comenzamos y terminamos juntos.

Cuando entré a salita de 4 iba solamente por la tarde. Los años siguientes iba todo el día, saliendo de mi casa a las 7 de la mañana y regresando alrededor de las 18:30 hs.

De mi paso por el jardín sólo recuerdo los rostros de mis maestras. También que el jardín estaba en el 3er piso del edificio escolar. Estaban las amplias salas, los baños con sus pequeños inodoros y lavatorios, éstos con sus jabones redondos con aroma a limón y las toallitas correspondientes dentro de una cajita marrón Valot. El patio estaba al aire libre con un tobogán y otros juegos. Podíamos asomarnos y ver hacia la calle sin ningún peligro, ya que había un alto enrejado para protegernos.

Las salitas estaban repletas de jueguitos reservados para esas horas que esperábamos ansiosos, ropa para disfrazarnos, libritos con llamativas ilustraciones, materiales como plastilinas, brillantinas, témperas, pinturitas de todo tipo, enormes pizarrones, tizas de varios colores y bloques de madera por doquier. El momento de los rincones, era mi favorito. Nos íbamos turnando un rato a cada juego, nos poníamos ropa de grandes, tacones, graciosos sombreros, nos maquillábamos también. Dibujábamos usando diferentes materiales, agarrábamos los cuentitos para ver los dibujitos y hacer que leíamos inventando nuestras propias historias. Jugábamos con las plastilinas armando “figuras”, con los bloques de madera armábamos castillos, casas, edificios, etc., y dentro de la casita de madera nos sentábamos a tomar el té con los pocillos y la tetera haciendo como que éramos adultos y nos juntábamos a charlar y a cargar a nuestros bebés.

Al empezar primaria empecé a viajar en el micro escolar de Daniel. ¡Qué gran tipo! Escuchábamos música, bailábamos y jugábamos durante el largo viaje, que, gracias a tanta buena onda, se nos hacía corto.

A mis maestras las recuerdo perfectamente, menos a la de 1er grado, la señorita Andrea, que era muy mala y me retaba constantemente. Le teníamos miedo ya que gritaba todo el día y nos maltrataba. ¿Será por esa razón que la borré inconscientemente de mi memoria? Luego a los 2 años, dejó de trabajar en el colegio. Por algo será. A la tarde en 1er grado, Miss Clarisa, la maestra de Inglés, nos trataba como hijos (era maternal). Hoy es compañera mía de trabajo. Sigue igual. Muy solidaria.

Los años en los que teníamos que aprender las tablas fueron una presión para todos, ya que había que memorizarlas y se nos tomaba uno por uno y de forma aleatoria. Teníamos muchos nervios y no queríamos olvidarnos las tablas, ya que no se trataba de un aprendizaje significativo porque era una tarea memorística y además había que decirlas de forma rápida y no nos daban lugar a pensar. Así no se aprende.

Lo mismo se daba con las poesías y poemas. De una clase a la otra debíamos acordárnosla y narrarla frente a nuestros compañeros e incluso usando el mismo ritmo con el que se nos había enseñado.

Al mediodía me quedaba a comer en el comedor. Siempre había sopa, fuese verano, otoño, invierno o primavera. No me gustaba mucho la comida ¡no había nada tan rico como la comida casera de mi mamá! ¡Pero cómo nos divertíamos durante el almuerzo!

De 1ro a 3er grado, solamente teníamos 1 maestra por la mañana y otra por la tarde. Durante el 2do ciclo ya pasábamos a tener 4 maestras distintas por la mañana y 2 para inglés. ¡Cuánto trabajo diario realizábamos!

En 7mo grado me fui como egresada de primaria a Bariloche, en un viaje de estudios. Recuerdo como si fuera ayer, ese maravilloso paseo. Nunca podré olvidar el bello paisaje Patagónico que, aún hoy, tengo grabado en mi retina. Las montañas con los picos nevados, los lagos cristalinos y helados, los animales silvestres, la cabaña donde nos hospedamos. ¡Qué viaje increíble!

El día empezaba con una chocolatada caliente y unas deliciosas facturas casera y mermeladas artesanales en la cabaña central que olía a algarrobo. De ahí partíamos a las excursiones, las había para todos los gustos: desde cabalgata, pasando por un “agotador” y “exhaustivo” ascenso al cerro Catedral, siguiendo con mountain bike, navegación por los lagos naturales en pequeños remos, el paseo por el centro cívico y la visita a “Fenoglio”, la primera chocolatería de la ciudad de San Carlos de Bariloche y otras actividades más… Ni que hablar de las fogatas nocturnas a cielo abierto, con la luna que nos iluminaba resplandeciente; y los cuentos de terror y misterio que nos narraban los profesores y nos hacían estremecer. También los bailes y las coreografías que hacíamos en grupo e interpretábamos totalmente desinhibidas con los temas que sonaban en ese momento: “que llore, que llore esa malvada…”, “como te lo digo que te necesito no encuentro palabras…” ¡sigo recordando y me dan ganas de bailar!

¿Cómo olvidar el viaje en micro de regreso? Fue un momento tragicómico, ya que a la noche, se desató una tormenta con truenos y relámpagos estruendosos y mis compañeras lloraban porque tenían miedo y pensaban que íbamos a chocar. El resto, disfrutábamos de la música que sonaba por los auriculares de nuestros “walkmans”, haciendo caso omiso de los llantos y gritos de las chicas, mezclándose con las risotadas de los “valientes” compañeros varones que cargoseaban y burlaban de las miedosas.

¡Cuántos recuerdos! Más hago memoria y me dan ganas de remontarme al año 1995, ese gran año de cambios y nuevas expectativas al acercarse el secundario. ¡Qué nervios! A mi me sigue pareciendo ayer, sin embargo, ya pasaron casi ¿16? años… ¡faaa!

Creo que nunca olvidaré ese viaje. Fue una experiencia inolvidable, ya que además de haber conocido un lugar tan bello de nuestra Argentina, fue lindo el haberlo compartido con los compañeros del colegio.

Después vinieron otros viajes, campamentos, torneos deportivos, actos, musicales… ¡no había tiempo para aburrirse!

El colegio secundario era un desfile de profesores, un total de 20 profes diferentes. Pero la mayoría eran excelentes. Desde Matemática, pasando por Educación Cívica, Biología, Historia, hasta francés, Grammar, Science, Literature entre otras. El cambio del uniforme nos hizo crecer de golpe. Nos sentíamos mujeres.

Los profes estaban muy bien preparados y siempre tenían una respuesta para todas nuestras dudas. La mayoría eran muy atentos y tenían bastante paciencia con nosotros que éramos un grupo numeroso y algo inquieto también.

En 3er año fuimos a Chubut como viaje de estudios. Anteriormente estuvimos investigando muchísimo acerca de esa hermosa provincia Argentina con nuestra excelente profesora Beatriz Sanguinetti, pero una vez allí, fue como habernos metido dentro de aquellas investigaciones y estudios y vivir todo lo que habíamos aprendido. Fue un viaje precioso, el lugar soñado. Y como cierre un trabajo práctico que nos hizo revivir esos inolvidables momentos. Obviamente me fue más que bien.

Si tengo que recordar a un profesor que me quitaba el aliento, es sin duda el profesor de gimnasia “Poldo”. Lo de quitar el aliento no es metafórico. Es real. Ya desde chiquitos se nos exigía que tuviésemos una alta resistencia durante las clases de atletismo. Yo fui una gran jugadora de hockey y de vóley, pero no resistía el tener que trotar 30 minutos en cada clase. Y recuerdo al profesor gritándome: ¡vamos Josefina! ¡Corra! Y yo seguía pero no podía rendir como él quería que lo haga. Mis calificaciones injustamente bajaban por esa razón y me sentía mal conmigo misma. Amaba jugar al hockey y esperaba con ansias los fines de semana en los que íbamos al campo de deporte nuestro o de visitantes a otro colegio para los torneos. Ahí si me sentía muy bien y feliz. Con el equipo entrábamos en calor… y a dejar todo por el Colegio Balmoral.

Nunca me voy a olvidar del profesor Oscar Quglien. La primera clase le tuvimos terror, pero la apariencia nos engañó. Excelente profesor de Matemática y Física, terminó haciéndome amar ambas materias por la dedicación con la que explicaba y su voluntad de acercarse a cada uno de forma individual para explicar lo que no había quedado claro. Fue él, quien me entregó la medalla al graduarme y supo lo agradecida que estuve porque a esas materias difíciles, tediosas y, hasta odiables, las convirtió en queribles y accesibles para todos. Además de ser un excelente profesor, es una mejor persona.

Los últimos años fueron complicados para todos, ya que además de tener que rendir a fin de año todas las materias, tuvimos que rendir los exámenes internacionales de Cambridge. Fue todo un reto. Y una nueva experiencia. Nunca recuerdo haber estado tan nerviosa y ansiosa al rendir exámenes en el colegio. Vino personal exclusivo de la Universidad de Cambridge de Londres a tomarnos las pruebas escritas y orales.

Pero el esfuerzo rindió sus frutos, gracias a ello estoy trabajando en un prestigioso colegio hace 7 años en la parte de Inglés.

Al terminar el colegio secundario, me inscribí en la carrera de Veterinaria en La Plata. Recuerdo que empecé el curso de ingreso que era súper intensivo; las clases eran multitudinarias. Las aulas inmensas. Me gustó haber estado allí, lástima que era muy cansador el viaje en tren de 1 hora de duración; antes la combinación de tren y luego el colectivo. Me era muy sacrificado hacer ese viaje todos los días de la semana. Los profesores eran muy buenos profesionales, pero por la cantidad de alumnos dudo que se pudiese formar una relación docente – alumno como acostumbré a tener durante mi formación anterior. No creo me hubiese acostumbrado a tal cambio. Pero igual disfruté ese corto tiempo.

Luego empecé otras carreras y vi varios modelos de profesores, pero nunca me vinculé a ninguno hasta llegar al Instituto Nº 11. Allí empecé la carrera de Nivel Inicial. Ahí sí, me pareció volver a lo conocido. Las aulas, las compañeras, los profes. Me sentía más a gusto y no tan distante y fría como en la universidad. 2 años fueron más que suficiente porque no me veía a mí misma decorando, pintando, dibujando en la salita porque soy malísima con las manualidades y una maestra jardinera es lo contario; sí me hubiese gustado trabajar con nenes chiquititos y cantar, jugar en el piso, contarles cuentos, actuar, etc. Igualmente, en mi actual trabajo lo hago a diario con mis nenes de 7 años.

En el instituto hace 5 años que estoy como alumna, 2 estudiando para ser jardinera y actualmente en 3er año para ser docente de nivel primaria. Lo que puedo observar en cuanto a nivel docente, es que hay de todo tipo. Docentes bancarios y lo opuesto. Me quedo con los profesores que no sólo depositan los conocimientos, sino que dan ejemplos reales, concretos y los que, a través de sus enseñanzas, nos permiten que abramos nuestras mentes y podamos “conectar” los conocimientos e información adquirida. Es fundamental que los alumnos podamos tener un aprendizaje significativo y que podamos “usarlo” cuando ejerzamos nuestra labor docente.

Lamentablemente percibo que hay debilidades en nuestra formación, ya que no se nos enseña todo lo que realmente necesitamos. Algunos profesores sólo nos enseñan temas “sueltos”, separados de otras asignaturas. Lo que creo necesario son enseñanzas que nos permitan crecer como profesionales de la enseñanza y elementos con los cuales podamos apoyarnos al entrar a un aula y posicionarnos frente a los alumnos.

La vocación docente late en mí, pero creo que necesito herramientas para un mejor desempeño en mi función y siento, en lo más profundo, que todo ello lo voy a adquirir (y lo estoy haciendo) a medida que trabajo y estoy al frente del aula o que mis paralelas y compañeras, me muestran en su práctica diaria. Espero que éste año y el que viene pueda llenar el vacio que siento dentro, y que me permitan realmente capacitarme y poder así dar lo mejor de mí. ¡Ganas de aprender me sobran!

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