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martes, 22 de noviembre de 2011

CRÓNICA DE PRÀCTICAS - FLORENCIA COSENTINO - 3RO 2DA

Prácticas de Tercero

Desde que empecé esta carrera quería, más que nada, cursar prácticas. En primero, era sólo una vez por semana, dos horitas de puro aburrimiento dentro del instituto. Ya en segundo, el aburrimiento no cambió mucho, seguíamos en un aula dentro del instituto y salimos, un par de veces, a observar pasillos de dos escuelas y armar descripciones como si estudiásemos arquitectura, porque a la profesora sólo le interesaba que notemos las dimensiones y, por supuesto, cada tela araña que la portera no limpió y cada rinconcito que faltaba pintura. Con la ilusión de vivir un momento dentro de un aula y compartir la experiencia de enseñar, empecé 3er año. ¡Ahora si, daríamos clases! Era un año que prometía ser interesante.
Como siempre, en el instituto se nos informó apenas tres días antes y por motivos laborales me fue imposible asistir a la primera clase de prácticas.
Me tocó la escuela nº 33, Sargento Cabral, ubicada en Lanús (a sólo 9 cuadras de mi casa), con la profesora Ana Rúa. Cuando llegué, el segundo día de clase, mis compañeras estaban divididas en tríos pedagógicos salvo dos chicas (que en realidad estaban cursando la residencia) y les había tocado 1er grado. Por lo tanto, me asignaron 1er grado con ellas.
Lo primero que nos dijo la profesora era que observemos dos clases y cuando nosotras nos sintiéramos listas, recién ahí, empecemos a dar clase.
Así fue, observé dos miércoles consecutivos. Los chicos de 1ro B tenían la primera hora Educación Física (con lo cual nos permitían llegar un poquito más tarde), la segunda hora era de Prácticas del Lenguaje y, por último, dos horas de Matemática. En esta escuela cada área tiene su aula y los nenes debían dejar los cuadernos en cada armario del aula respectiva a la materia. Solo los llevaban los días viernes a sus casas.
Las clases de Prácticas del Lenguaje eran muy poco productivas. La seño Valeria (al igual que la seño Mari de Matemática) no le prestaba mucha atención al diseño curricular y sus clases eran monótonas, predecibles y aburridas. Ella dedicaba sus días de enseñanza en primer ciclo a narrar cuentos. Elegía un autor (de esos que no aparecen en el diseño), les leía alguno de sus cuentos, y de cada cuento hablaban de los personajes, los mencionaban y finalizaban la clase haciendo un dibujo. El grupo de niños estaba muy desparejo, eran 20 chicos solamente, y apenas un par si leía.
Las clases de Matemática no eran muy distintas, aunque en ellas los niños les prestaban algo más de atención. Cada vez que la maestra daba un tema nuevo pasaban dos semanas haciendo lo mismo y los chicos se dispersaban demasiado. La clase terminaba con una señorita a los gritos y enojada, y con los chicos extremadamente revoltosos.
Enseguida, luego de observar, quise dar una clase. Desde que entré al salón los chicos me miraban mucho, a veces más que a sus maestras. Fede, cuando la seño Valeria se daba vuelta, me mostraba su moto de juguete que guardaba en la mochila, para que yo le hiciera un gesto de aprobación y, luego, le indicara que debía escuchar la clase. Jazmín y Maite parecían competir a ver quien me hacía más cartitas. Nicol, en más de una oportunidad, expresó a los gritos su opinión señalándome con el dedo: “¡Que linda que es la seño Florencia!” y mis compañeras, señoras mayores que yo, me aconsejaban que no les diera confianza porque sino ellos no me harían caso. Inmediatamente les respondía a aquellos consejos: “Si, ya van a ver que a mí me van a hacer caso”.
Perdí un par de clases, porque como mi trío pedagógico estaba compuesto por alumnas de residencia, ellas pidieron temas enseguida, y yo tuve que esperar a que dictaran sus clases. Mientras daban sus clases, debíamos observarlas a ellas también y realizar un cuestionario a modo de crítica de lo observado. Una sola vez lo hice y nunca más. Resulta que a mi compañera Cristina, le tocaba dar la primera clase de Matemática, el tema era “Suma (escrita y mental) con números del 10 al 20”. Empezó la clase mal y fue empeorando. Estaba seria, no respeto el tema, les explicaba como si fuesen niños de 5to grado y logró despertar el desinterés, con lo cual dejaron de prestarle atención y empezaron a hablar, a jugar y caminar por el aula. También los retaba por todo. Recuerdo que uno de los chicos se le acercó y le preguntó: “Seño: ¿Así está bien?”(Señalando una fotocopia que llevaba en la mano). Y ella en lugar de incentivarlo con alguna felicitación, lo retó diciéndole: “Si me hubieras escuchado desde el principio no me estarías preguntando”. Era insoportable presenciar esa clase, eran chicos de entre 5 y 6 años nada más y ella los trataba como una madre harta de escucharlos todo el día. Mi crítica no fue buena, yo traía la enseñanza de la profesora Rúa, en Didáctica General (primer año), con un: “Según Fenstermacher un buen maestro debe…” (Entre otros autores). Y cuando le entregué mi observación, luego de que la profesora coincidiera totalmente conmigo y me felicitara por la observación realizada, se me armó el lío.
Durante la hora siguiente y mientras Patricia (otra de mis compañeras) daba su clase de Matemática, la maestra Mari y la residente Cristina, me llamaron aparte aprovechando la ausencia de la señora Rúa. Discutieron mi crítica realizada, dijeron que yo no era nadie para observar ni criticar, que la profesora estaba equivocada, que yo era demasiado joven para tomarme esos atributos de criticar a alguien que estaba a punto de recibirse, que la había arruinado y que era mala compañera. Apenas pude decirles que respondí un cuestionario formulado por Ana Rúa y que si bien nunca había practicado, tenía mucho de teoría, que no iba a discutir con alguien que lleva 30 años en un aula, pero que opinar no es de mala compañera, porque en ningún momento había mentido. Cristina no me dejó terminar de hablar y mirándome ferozmente, me amenazó: “¡Ya me las vas a pagar! ¡Vas a ver cuando a vos te toque dar una clase, te vas a arrepentir!”. Y con mucha bronca e impotencia le respondí: “Si, ya vas a ver mi clase y me va a encantar que me observes y que realices una crítica”. Y me fui. Por tal inconveniente, mi profesora de prácticas dijo que no les diera importancia y, a la vez, me ofreció cambiar de curso. A lo cual me negué, quería demostrarles que una novata como yo podía dar una buena clase.
Y así fue, hablé con la seño de Matemática, le pedí un tema y, muy antipática, me dijo: “Geometría”. Fue tan cortante en su trato hacia mí, que no puede hacerle ninguna pregunta. Entonces, le pedí el cuaderno, del año pasado, a mi sobrinito Micky (que actualmente está en 2do) para tener una idea de cuánto de geometría les podía dar y qué tipo de actividades. Además llamé a mi prima Belén, señorita a cargo de 1er grado en el colegio “Espíritu Santo”, quién me dio una serie de revistas donde sacar actividades y muchas recomendaciones para abordar el tema.
Una semana después, con mi plan de clase aprobado, entré a1ro B. Al aula entraron los niños junto con mis dos compañeras residentes, mi profesora de prácticas y la señorita Mari. La clase salió perfecta, muchísimo mejor de lo que yo hubiese podido imaginar. Los chicos estuvieron ordenados en todo momento, hicieron caso a mis órdenes, ninguno se levantó de sus sillas y si lo hacían era previo pedido de permiso. En un segundo, me detuve a disfrutar lo que estaba viviendo. Después de observar esas clases en las que predominaba el alboroto y la desconcentración, no podía creer lo que veían mis ojos. Los niños trabajaban tranquilos, en silencio, pidiéndose “por favor” las cosas y acudiendo a mí para que supervisara sus tareas a cada instante. ¡Querían que les pusiera una carita feliz en sus cuadernos! Al finalizar la clase, mi profesora me felicitó y me aprobó. Pero a mi no me importaba la nota, pues me llevaba la mejor experiencia. Aparte, claro está, de haberle dado una lección a mis compañeras que tan mal me habían tratado y, por supuesto a la señorita Mari.
Con el correr de los días, y mientras esperaba mi turno para dar la clase de Prácticas del Lenguaje, presencié las clases de mis otras compañeras. Fui a 2do a ver la clase de Gladys y también estuve en 3ro junto con Vanina. Y para sorpresa mía, los chicos se encariñaron, me llevé miles de cartitas con dibujos y corazones. A veces, no entraba a las clases porque se levantaban y corrían a saludarme, y no quería estropear el momento de enseñar de las chicas.
Luego de varios días, también cambiaron las cosas con mis compañeras residentes. Si bien no me pidieron perdón por haberme amenazado, empezaron a tratarme nuevamente debido a una charla que tuvieron con Ana, nuestra profesora.
El plan de Prácticas del Lenguaje lo armé lo mejor que pude. La señorita Valeria, aquella docente que (como mencioné anteriormente) gustaba de narrar cuentos y jamás se detenía a ayudarlos en la comparación y asociación de letras, ni en formar palabras, para que, poco a poco se inicien en la hábito de la lectura. Me había dado como tema (hacía más de 2 semanas) el cuento “EL soldadito de plomo” y me advirtió que, sería en vano que los niños escribiesen los nombres de los personajes, pues escribirían “cualquier cosa”. Pero aquel miércoles cuando llegué a la escuela, me recibieron con la noticia de que (por error de la señorita Valeria) el cuento lo había dado una de mis compañeras el viernes anterior.
En ese momento no sabía qué hacer, me sentía totalmente perdida, ya no tenía tema, no tenía plan de clase y en 5 minutos estaría a cargo de 20 alumnos. Estaba realmente enojada, pero Rúa me aconsejó: “¡No te preocupes, Flor! Estas son cosas que pueden pasar. Quedate tranquila, leeles tu cuento que seguramente es una versión distinta a la que vieron y jueguen con las palabras. ¡Todo va a salir bien, yo sé que vos podés!”. Sus palabras me tranquilizaron y acompañada por un dolor de garganta, que de a ratos me quitaba la voz, entré al aula.
Los niños acalorados, por la clase anterior de educación física, estaban muy alborotados. Los saludé y mientras todos se acomodaban les dije: “¡Chicos, hoy vamos a trabajar de una forma muy especial!”. Fue una simple frase que logró capturar el interés de todos. Se quedaron inmóviles e intrigados esperando una explicación de mi parte. Uriel, con su vocecita gruesa, preguntó: “¿Por qué? ¿Cómo vamos a trabajar hoy, seño?”. Tratando de mantener el clima de suspenso, que se había generado en el aula, respondí: “¡Hoy vamos a trabajar tranquilos, sin gritar, ordenados, así me ayudan porque tengo muy poca voz!”. Inmediatamente exclamaron: “¡Ufa! ¡No, así no!”. Y, para sorpresa mía, a pesar de sus reclamos, se ubicaron en sus lugares y abrieron el cuaderno para comenzar. Los invite a sentarse alrededor mío, pues les contaría el cuento “El soldadito de plomo”. Les advertí que, aunque llevaban el mismo título, era distinto al leído por la seño Patricia el día viernes. Mientras narraba entró la profesora y se ubicó en una mesita del fondo del salón para observar mi clase. Los chicos respondieron muy bien, escucharon tranquilos hasta que llegó el momento de volver a sus lugares y hacer la tarea. Por momentos me resultó difícil que todos juntos me siguieran. Aparte, yo estaba improvisando una clase, ya que no tenía plan alguno.
Saqué mi pizarra y jugamos con los personajes y con letras armando palabras. Era una pizarra de chapa forrada, donde cada figura y letra llevaban un pedacito de imán para poder pegarlos y deslizarlos. También escribieron los personajes en el pizarrón (con ayuda de todos), los copiaron en sus cuadernos y, a pedido de ellos, hicieron un dibujo del cuento. La clase finalizó con el timbre que anunciaba el comienzo del segundo recreo. Tuve que poner orden, ya que, a los empujones, corrieron a formar fila. Terminé realmente agotada, aprobada y conforme con la respuesta de los chicos a mis actividades.
El tiempo continuaba pasando y llegar a clases de Prácticas de Terreno se tornó cada vez más insoportable. Cada miércoles la profesora nos recibía con una noticia que mataba poco a poco las ganas de seguir practicando. Debíamos apurarnos porque teníamos que completar el primer cuatrimestre con 10 clases en primer ciclo. También, había que preparar un proyecto, a llevar a cabo en los recreos, con el fin de que los niños se entretuvieran con alguna actividad y no corran. Pero la frutilla del postre fue cuando nos enteramos que, en el segundo cuatrimestre, debíamos planificar una secuencia didáctica para 2do ciclo a desarrollar en 10 clases. Debo aclarar que, aún estando en el 3er año de la carrera nadie sabe secuenciar y que, para colmo, no nos permitían observar a los alumnos de 2do ciclo, ya que (según nuestra profesora) no aprenderíamos nada de las docentes a cargo.
Yo, encima, debía el final de Didáctica de 2do año, con lo cual estaba condicional en práctica y, después de enterarme de todo lo que todavía nos faltaba hacer, tenía muchas ganas de abandonar.
Di una clase más, antes de que finalizara el primer cuatrimestre. Me acuerdo que el tema era “División”, rarísimo en Matemática de 1er grado. Pero bueno ya me acostumbraba a las ideas, un tanto locas, de la señorita Mari. Por suerte, los niños son muy inteligentes, dividieron enseguida. Para mi clase había preparado unos muñecos de cartulina, a los cuales los chicos debían repartirles las cantidades de golosinas que yo les indicaba. Recuerdo que uno de los chicos, Dylan pasó al pizarrón pero le costó repartir 9 chupetines entre las 3 figuras. Y en ese momento, Patricio se acercó y lo ayudó a razonar. Fue muy lindo ese momento, y creo que fue una buena elección dejarlos que se expliquen entre ellos sin interferir.
Me sentía más que feliz, no solo por haber aprobado mis clases y mis planes, sino fundamentalmente por todo el amor que me brindaron esa criaturitas y toda la enseñanza que dejaron en mí. Me encontré con otra Florencia, la maestra. Encontré el modo de ser que me resulta más cómodo en el momento de enseñar, porque me di cuenta que la mejor manera es siendo natural, espontánea (dentro de los parámetros impuestos por el plan de clase), sabiendo reconocer las acciones educativas que surgen a cada instante, disfrutando del enseñar que deja tanto aprendizaje en uno mismo.
Luego de las vacaciones de invierno y de no rendir el final que tenía previo, no pude cursar más prácticas de terreno de 3er año. No me arrepiento de haberme atrasado un año en la carrera, pues el próximo año lo cursaré junto con grandes amigas/os. Lo único que me dolió fue dejar de ver todos los miércoles a mi primer grado.
Hace unos días atrás, iba a comprar a un mercado ubicado a la vuelta de casa, y me encontré con Maite (una de las nenas de 1ro B) que, al verme, me dijo: “¡Seño Flor!”. Y me dio un beso fuerte en la mejilla. Indescriptible sensación la mía, fue muy fuerte las ganas de volver a verlos a todos, me encariñe mucho y, sobre todo, porque al ser una escuela de bajos recursos (ubicada en un barrio pobre) todos los alumnos, no solo los chiquitos de primero, dejaban notar la necesidad de atención que, en algunos, se expresaba con malos comportamientos o, en otros, se podía notar con grandes demostraciones de afecto que brindaban.
Esta es una de las experiencias más significativas de la carrera, la que hace que valga la pena el sacrificio de ir todos los santos días al instituto.

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