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miércoles, 23 de noviembre de 2011

AUTOBIOGRAFÍA - LORENA LO PRESTI- 3RO 2DA

Mi vida entre lápices y tizas

Que difícil comenzar a escribir mi historia dentro de la escuela, cuantos años llenos de recuerdos y olvidos a la vez.
Pero sé que hay que intentarlo, así que voy a relatar aquello que llega a mi mente hoy después de treinta y tres años de haber pisado por primera vez un ámbito educacional.
Comencé con tan sólo cuatro años mi etapa preescolar, en el Jardín de Infantes " Bichito de luz" ubicado en la calle Héroes de Malvinas, en la localidad de Lanús, donde hoy funciona el teatro Jota y la escuela de danzas Diana Fernández.
Las salitas del jardín eran amplias y ya como en primer grado nos ubicábamos en pupitres, sentados de a dos; mientras que la señorita se sentaba en su escritorio apoyado sobre un gran escalón que le permitía quedar a mayor altura como si estuviera sobre una tarima.
¡Cuánta formalidad! ¡Qué jerarquía! ¡Qué distancia!
Diana es su nombre, como la escuela de danzas que hoy así se denomina, aún la veo y está cada vez más linda, las cirugías parecen haber borrado el paso del tiempo sobre su imagen.
Con ella aprendí mis primeras letras, las practicaba cada vez que me daban la tablita para jugar con plastilina. Modelaba caracoles, gusanos, soles, pero las letras eran mi fuerte, me gustaba hacerlas y me salían muy bien.
El jardín “Bichito de luz”, fue mi primer ámbito social después de mi familia y costó integrarme ya que mi timidez era un obstáculo importante.
Debido a esta situación citaban muchas veces a mi mamá, pero en realidad nunca supe sobre qué hablaban en particular. Ni nunca quise saberlo.
De todos modos la pasé bien, conocí amigos y me enamoré, sí, me enamoré de quién sería mi primer novio, infantil, por así decirlo.
Pero el año pasó y entre juegos, letras, amigos y el Carnavalito que bailé, llegó a su fin, pero... ¡No recuerdo cómo terminó!
Sólo sé que al año siguiente comencé una nueva etapa, muy diferente, el comienzo de la escuela primaria la que cursé en el “Instituto Espíritu Santo”.
El colegio se veía inmenso, era un gran mundo que desconocía por completo.
¡Cuántas ansias! ¡Cuánto miedo! ¡Cuántos nervios!
Entré al patio gigantesco para mí y sólo pude ubicarme en un rincón, no conocía nada del nuevo lugar, no conocía a nadie.
Me sentía débil ante aquella situación y con incertidumbre.
¡¿Qué haríamos?! ¿Cómo sería mi nueva maestra? ¿Y mis compañeros?
Fue entonces cuando una compañera, desconocida hasta el momento, se arrimó y me preguntó:
"¿Sos de primero? ¿Cómo te llamas?".
Yo le respondí ya con más confianza y tranquilidad.
Ella, era muy extrovertida, contrariamente a mí; y me pidió sí quería sentarme a su lado y ser su amiga.
Nuevamente el comienzo de una etapa social, el comienzo de ver la realidad con otros ojos.
Años han pasado y dejaron de aquella amistad mucho y de la verdadera. Claudia es su nombre, con ella lo compartí todo; el micro escolar, los fines de semana enteros jugando en su casa o en la mía, el aprender a andar en bicicleta sin rueditas y más.
Y así, juntas, llegamos a segundo grado, nuevamente con la señorita Susana, la misma maestra de primero, una dulce, un bombón de chocolate que me dio toda su ternura, enseñándome siempre con amor, en el transitar diario; nunca se enojaba y siempre tenía en su cara una sonrisa dibujada.
Recuerdo que ese mismo año ella quedó embarazada y en la mitad del ciclo escolar debió ser reemplazada por la señorita Graciela, la misma maestra que mi hija mayor tuvo en preescolar.
Al año siguiente llegué a tercero, y comenzaron los trabajos en equipo apareciendo nuevas amistades como Sandra, la madrina de una de mis hijas. Pero también aparecieron las rivalidades y competencias.
Este fue un año difícil para mí, debido al fallecimiento de mi abuela. Pero, la señorita María Isabel, puso lo mejor de sí para ayudarme. Ella, sabía de mi triste situación y nunca me abandonó; de tal modo que el último examen que me permitiría pasar de año me lo dio para que lo realice en casa con ayuda de mi familia. Fue así que el fin de semana mi hermana Nora me ayudó a hacerlo, pero no me lo hizo, sólo me ayudó a poder resolverlo, y fue un logro.
Esta situación me animó a seguir, creo que de no haber sido por la maestra el duelo por la pérdida de mi abuela hubiera sido más triste aún. Ella me ayudó con el sólo hecho de darme amor, ánimo y afecto, a llegar a cuarto grado.
Cuarto grado, la revolución de la escuela. La señorita María del Carmen, un personaje. Con ella realizamos un paseo, y... ¡Qué paseo!
Fuimos ese día a clases con la vianda que un día antes nos había solicitado. En su interior yo llevaba gaseosa, sanwiches y galletitas para compartir. El paseo según se le había informado a nuestros padres consistía en recorrer el barrio e ir a la plaza Carlos Gardel a merendar.
El barrio lo recorrimos, así fue, hasta ver un enorme paredón que en uno de sus laterales finalizaba para ser continuado por una serie de rejas, muchas rejas amarillas.
Por un portón central ingresamos, para visitar según la maestra a Pepe Biondi, yo no conocía quien era, lo único que imaginaba era algo relacionado a Disney World.
¡Qué locura! Nada que ver, si ese lugar estaba lleno de cruces. ¿Qué pasaba por mi cabeza? Caminamos en fila hasta ver a Pepe Biondi, pero yo no lo veía, y lo buscaba por todos lados, hasta visualizarlo en una foto, sí, la foto de su sepultura. Pero, que desilusión yo creí otra cosa nada similar a lo que estaba sucediendo. Y como si esto fuera poco, la señorita María del Carmen nos hizo sentar sobre las tumbas a compartir la merienda; porque plaza nunca hubo.
Esto no es broma, aunque cueste imaginarlo, es una situación irrepetible.
Salí muy desconcertada del cementerio aún sin entender.
Volvimos a la escuela y como ya debíamos ir a casa, subí al micro, me senté y no emití ningún tipo de sonido. Estaba muda y llena de dudas que debí despejar al llegar a mi hogar.
Por supuesto que a esa docente no la vi más en un salón de la escuela, ni siquiera fuera de él.
La suplantó la señorita María Marta, una amiga de la señorita María Inés. Con ella aprendí mucho y como premio a nuestro comportamiento grupal a fin de año nos invitó a una fiesta en su casa, preparada especialmente para nosotros.
La pasamos muy lindo, hubo juegos y premios; ese día fue divertidísimo, por lo menos contrarrestó con el paseo de la señorita María del Carmen.
Quinto grado comenzaba, este era un año de preparativos para tomar la primera comunión, todas las energías estaban puestas allí.
La señorita Celia, era la madre de una de mis compañeras, era seria y aburrida, sus actividades no me atraían nunca, eran tan monótonas sus clases, pero bueno, había que pasar el año y para compensar yo aprovechaba las horas de actividades plásticas, música e Inglés para distraerme un poco.
También me ponía feliz al ver a una de las religiosas, la Hermana María del Carmen, con ella teníamos clases de catequesis, compartimos momentos gratos y entretenidos que aún hoy recuerdo.
Sexto y séptimo grado los compartí con la señorita Olga, la actual directora del Instituto, un ejemplo de maestra, recta, cariñosa y exigente a la vez. Sólo que debía poner límites debido a algunos problemas de conducta de ciertos compañeros. ¡Cómo olvidar al famoso Gerardo Vargas!... ¡Pobre! Se portaba tan mal que ante reiteradas sanciones lo echaron de la escuela. La verdad es que esta situación me apena, por que conmigo era muy buen compañero, y siempre, me pregunto: “¿Qué será de su vida hoy?”
Con respecto a los contenidos aprendimos mucho, especialmente en matemáticas, aún hoy recuerdo perfectamente la regla de tres simple y compuesta.
Este fue el fin de mi escuela primaria, en la que adquirí valores semejantes a los que mis padres me inculcaron y pude desenredar millones de problemas matemáticos semejantes a los de la cotidianeidad.
Aquella amiga, una hermana elegida para caminar juntas el tránsito de la vida. Aunque, la escuela que nos había unido, esta vez nos separaba, ella cursaría secundario comercial por la tarde y yo haría el secundario bachiller por la mañana.
De todos modos había que seguir.
Otras amistades me acompañaron, entre ellas Sandra.
Fue un año lindo en la escuela pero triste en mi casa.
Mi hermano Juan José con veintiún años se enfermó de cáncer y yo no podía pensar nada más.
Puse lo mejor de mí, y más también pero ese año repetí la escuela. Fue este el año más triste de toda mi escolaridad.
Me llevé tres materias y por una repetí, no pude rendir y sobre mi pupitre lloré hasta quedarme sin lágrimas. Sufrí mucho, yo sola sabía sobre mis problemas no había contado nada de aquella cruel enfermedad.
Mientras lloraba, la profesora de Lengua se me acercó, y acariciándome la cabeza me aclaró que si bien había reprobado su materia, no era por su culpa que repitiera de año sino que era por las otras dos materias que habían quedado pendientes.
¡Cuánta crueldad! Sentía que era mucho para mí y que no podría soportarlo, pero pude.
Me echaron del colegio por haber repetido; sin tener en cuenta mi conducta y mi desempeño durante todos los demás años.
Repetí, sí, repetí. "¡Qué mala palabra!". Mi mamá para sumar más entusiasmo a la situación me prohibió que le cuente a la gente que había repetido el año. ¡Claro, la oveja negra de la familia había nacido en ese instante!
Al otro día y con los ojos rojos e hinchados de tanto llorar, mi hermana Claudia fue la encargada de acompañarme a buscar una escuela nueva para inscribirme, recorrimos todos los colegios de Lanús, en los estatales ya no había vacante y en los privados no se aceptaban repetidores, pasamos así horas y horas caminando sin conseguir nada.
Una amiga al enterarse de lo ocurrido vino a mi casa ofreciéndome llevarme al “Instituto Nuestra Señora de Lourdes”. A la mañana siguiente fuimos, nuevamente mi hermana me acompañó, allí me inscribieron considerando mi buena conducta.
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Conocí lo mejor de la educación allí, fue la etapa más linda de mi secundario.
En primer año los repetidores podíamos cursar sólo las materias que nos habíamos llevado, pero a mí en casa como castigo me obligaron a recursarlas todas.
No me importó, seguí sin quejas sabiendo que la prioridad era la salud de mi hermano y yo debía evitar sumar más problemas.
Por cierto su enfermedad, ocupó toda mi adolescencia y parte de mi juventud, lamentablemente mi hermano falleció a los treinta y cuatro años, luego de haber pasado por dieciséis intervenciones quirúrgicas.
Hubo entonces altibajos continuamente, pero yo seguí poniendo lo mejor de mí para finalizar el secundario, que ninguno de mis hermanos había terminado. Yo quería hacerlo, no sólo como un logro personal, sino como premio para mi papá quien pasó su vida trabajando para que no nos falte nada.
Como apoyo me acerqué a la Iglesia de la escuela, todas las mañanas al ingresar iba a rezarle a mi Virgencita, Nuestra Señora de Lourdes.
En segundo año me fue más que bien, ese año me enamoré de la Literatura; amé y amo escribir, sueño con ser escritora pero aún no sé cómo se llega a esto. ¿Cómo?
Sólo sé que deseo escribir para los adolescentes, para los que necesitan escuchar un consejo, una palabra de aliento, una experiencia de vida, un ejemplo de valores. Para ellos que son el futuro de nuestro país, para ellos que desde su lugar pueden cambiar el mundo.
La matemática fue ese año mi otro potencial, me gusta mucho y es otra materia pendiente pero como sé que en la vida no se puede hacer todo y que no me alcanzarían los años para estudiar apuesto a la Educación y a las letras tratando de hacer de esto lo mejor, apostando todo.
Cuando comencé mi tercer año había dos opciones Bachiller y Bachiller con orientación docente (BOD), demás está decir que opté por el BOD, desde niña sabía que iba a ser docente y así sería.
Con mis compañeras ese año la pasamos muy bien, comenzaron nuestras fiestas de quince años y como el “Instituto Nuestra Señora de Lourdes” era una escuela de mujeres, en esa época, necesitábamos varones por lo que cada una llevaba a esas fiestas a sus amigos, creando un gran grupo compartido.
Estábamos en la edad en que ya comenzábamos a enamorarnos, nuestra ventana daba a las ventanas de los fondos de la escuela “Sagrada Familia” y por ellas nos mensajeábamos a través de carteles gigantes que escribíamos de tal manera que puedan leerse a una cuadra de distancia.
¡Yo, en esta escuela, fui feliz! Disfruté de todos los momentos y me divertí, a tal punto que un día me encerré en el confesionario de la Iglesia con una compañera para no asistir a la clase de Francés, ese día teníamos prueba y no habíamos estudiado porque había sido una semana de tareas excesivas, entonces como mis notas en Francés eran buenas preferí no asistir a esa clase para no arruinar el promedio.
Pero la conciencia nos remordió y volvimos al aula. Al finalizar la evaluación sobre mi hoja escribí:
"Perdón, usted no merece esto, pero no estudié”. Lo demás estaba todo incompleto, no había otras letras que acompañen el texto dado por la profesora, quien fue un sol, nunca se enojó por esta situación, al contrario se sorprendió y hasta dejó entrever en sus labios una sonrisa.
Al comenzar cuarto año la escuela construiría su gimnasio, todos colaboramos para que así fuera, el día de la inauguración fue espectacular, yo integraba el coro de la escuela creado exclusivamente para aquella ocasión.
Ya estaba más cerca de la etapa final, cerca del esperado viaje a Bariloche; para recaudar dinero hicimos rifas, desfiles y fiestas. Participamos también del programa " Feliz domingo para la Juventud” y aunque no ganamos con la llave trece, la pasamos muy lindo.
Este año apareció nuevamente el amor en mi vida, mi verdadero amor y como pequeño detalle llevaba el mismo nombre de aquél amor infantil, “Alejandro”.
Con el correr de los días llegué al último año de esta gran etapa, envuelta en alegrías, tristezas, deseos y ansias.
En mi casa con tantos disgustos mi papá se enfermó del corazón debiendo dejar de trabajar en su empresa. Decidió así poner un negocio.
Yo ayudaba en lo que podía sin descuidar mis estudios.
Muchos profesores nos decían que al finalizar el secundario íbamos a comenzar a conocer realmente como era la vida, llena de responsabilidades. Pero la mía había comenzado hacía rato. Había crecido más que de golpe.
En el curso organizamos muchas cosas, para destacarnos del resto de la escuela nos hicimos un buzo al cual le imprimimos en la espalda: " Egresados 1.991", era color rojo, ya que así lo había permitido el colegio para que convine con el resto del uniforme.
También pintamos una bandera con el dibujo de Minnie, yo hice las letras en tela y con ellas armamos los nombres de las once integrantes del curso. Además mandamos a hacer unos distintivos con el mismo dibujo que llevábamos en la corbata enganchado junto con el clavo recibido por las ex alumnas que habían terminado quinto año, un año antes.
La escuela tenía esa tradición, < un clavo saca a otro>. Entonces al terminar yo mi quinto año debía pasar el clavo a una alumna de cuarto, pasando este de generación en generación.
El día 26 de junio mis compañeras viajaron a Bariloche, yo no, opté por no hacerlo, aunque me moría de ganas.
Mi papá debía operarse del corazón y yo sentía que no podía irme, ni ocasionar tremendo gasto.
Me perdí así el viaje que tanto ansíe desde que inicié el secundario, pero debía ser así.
Debía estar para colaborar en mi casa, y ayudar en lo que me necesitaban.
El secundario llegó a su fin, fueron mis padres los que me entregaron el diploma, en una ceremonia formal.
Luego realizamos un brindis para familiares, profesores y amigos, y un baile de despedida en Mi Club.
Debía decidir qué hacer, donde seguir estudiando pero aún me habían quedado dos materias para rendir.
Al año siguiente no me anoté en ninguna carrera, me dediqué a trabajar en el negocio de mi papá ya que él con su operación había muchas cosas que no podía hacer y necesitaba ayuda, yo era la que estaba más libre para brindarle este apoyo mis hermanos trabajaban, estaban casados y ya tenían su propia familia; por la mañana temprano y en algunas horas de la tarde me dedicaba a dar clases de apoyo para alumnos de la escuela primaria y secundaria con este trabajo obtenía algo de mi propio ingreso pero aparte encontraba satisfacción por no abandonar de alguna manera la escuela.
Luego mi prima me recomendó para trabajar en una empresa en Avellaneda, pero nunca dejé de dar clases, y trataba de repartir mis horarios para no descuidar nada.
Al año siguiente mi papá falleció y cerramos el negocio, mi mamá no podía manejarse sola y yo no podía con todo.
Decidí así volver a estudiar y comencé la carrera de Maestra Jardinera en el Centro de Estudios Lomas (CEL), me fue simple cursar esta carrera, y muy gratificante. Estudié mucho y trabajé madrugadas enteras para llegar con las mejores notas al final de la cursada.
Los profesores, eran idóneos en su tarea, siempre encontré en ellos respeto y dedicación por lo que hacían.
La Profesora Adriana, directora del Instituto, conocía a cada alumna, me sentía muy cómoda.
Mis prácticas las realicé en el Jardín de Infantes -Los tres ositos- de la localidad de Ezeiza y en el Jardín de Infantes - La ardillita traviesa- de la localidad de Remedios de Escalada, obtuve excelentes notas y medalla al mérito.
Debido a mi buen desempeño la directora del Instituto habló con la dueña del jardín “La ardillita traviesa”, recomendándome para trabajar allí. Trabajé durante ocho años en este jardincito, hasta que se cerró.
Paralelamente a esto me casé en la Iglesia Nuestra Señora de Lourdes, y como fruto de esta unión nacieron Abigail Ludmila y Tatiana Lourdes, quien lleva el nombre de la Virgen en agradecimiento a las veces que la necesité.
Mi vida continuó, entre el trabajo, el hogar y la familia; pero yo necesitaba volver al aula.
Por lo que decidí estudiar después de dieciséis años Profesorado en Educación Primaria, con el fin de luego poder hacer su licenciatura.
Hice así el ingreso a la carrera luego de haber aprobado los dos exámenes requeridos por el “Instituto de Formación Docente Nº11”.
El primer año no me costó nada, puse en él todas las energías, éramos muchos compañeros en el curso y compartíamos bastante fuera del aula.
Disfruté mucho del espacio de la práctica, dictado por la profesora Casalderey, y del TAIM, que me permitió contar la experiencia vivida en ámbitos educativos no escolares.
Amé las clases del profesor Osvaldo Elías, las mismas que aún hoy añoro y padecí las clases de la profesora Firbeda, aunque con mucho sacrificio y estudio pude aprobar con diez el final.
En segundo año, puse lo mejor que pude para no tener que recursar ninguna materia, fue un año pesado para mí ya que debí operarme, debí ausentarme bastante al Instituto pero de todas maneras este año me sirvió para conocer más a mis compañeros, y para redescubrirme a mí misma aprendiendo que no todo lo que reluce es oro.
Ahora curso el tercer año, y por suerte ya trabajo en dos escuelas, el “Colegio del Monte” y el “Instituto Nuestra Señora de los Dolores”.
Debo mencionar en esto a mi compañera Sandra Ortíz que confió en mí al recomendarme en este último empleo y a quien estoy sumamente agradecida.
Vivo feliz por todo lo que hoy me siento capaz de ser y hacer.
Soy madre, docente y una mujer con mentalidad política; que desea sembrar en los niños y jóvenes saberes que les permitan ser felices y ayudar a mejorar nuestra sociedad, nuestra Argentina, nuestro mundo todo.
La escuela es mi vida, nunca dejé de asistir a ella ni como alumna, ni como docente, ni como madre; creo que siempre así lo será, la escuela es mi dulce transitar diario, es aquel lugar donde podemos dejar plasmado mucho de nosotros, nuestras huellas y nuestro dar.
Es mi vida.




Lorena Natalia Lo Presti.

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