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miércoles, 15 de diciembre de 2010

Una experiencia maravillosa, para no olvidar, por Carolina Ayala

Comenzó el año 2010, y me encuentro cursando el tercer año de la carrera de Educación Primaria, una etapa muy esperada y decisiva para mis compañeras y para mí, ya que comenzaríamos con nuestras primeras prácticas áulicas.
Todas estábamos muy ansiosas y con mucha expectativa, por ir a una escuela, por estar dentro de un aula, frente a niños y niñas, y decir nuestras primeras palabras como maestras. Esto nos iba a marcar una posición y una visión distinta, con respecto a lo que veníamos haciendo y observando, en los años anteriores.
Las primeras clases de Práctica en Terreno, con la profesora Liliana Palmieri fueron dinámicas, ya que nos hacia recordar y pensar todo aquello que vimos los años anteriores, en todas las materias, inclusive en esta. A decir verdad, uno se preguntaba: ¿para qué lo hará?, ¿para refrescarnos la mente? ¿para ver si sabemos o aprendimos algo?, pero uno después entiende lo importante que es hacer esto, para traer autores y bibliografías a la mente con información, que nos puede servir como herramientas, para luego aplicarlas en nuestras planificaciones o diagnósticos.
Siempre fuimos pocas en las clases, ya que nos dividieron en un principio con otras docentes de práctica, al total de grupo. Pero el ambiente entre nosotras fue bueno, todas opinábamos sobre los temas, la profe nos explicaba alguna que otras cosas, nos guiaba las charlas y nos corregía.
Corría el mes de junio, y faltaba muy poco para ir a la escuela designada, Escuela N°6 Rafael Obligado, pero nada bueno me esperaba, y fue así. Una enfermedad eruptiva, nada más ni nada menos que, “VARICELA”. Mis primeras palabras fueron, ¡no lo puedo creer, justo ahora que voy a empezar las prácticas! Me preocupaba más eso, que mi propia salud. Mi ansiedad, mis ganas y mis expectativas, se habían hecho añicos; lloré una semana entera. Saber que iba a estar encerrada en las cuatro paredes de mi habitación, y no poder salir y más aún sabiendo, que tendría que estar en un aula y no encerrada, realmente me puse muy mal y por sobre todo, triste. Esperé tanto ese momento…que nunca me imagine en esa situación, y justo en ese momento.
Estuve exactamente veinte días, sin salir de casa, comunicándome con mis compañeras, tratando de estar al tanto de todo, pero a veces había días, que no podía ni levantarme, era algo inevitable. Pero bueno pasó…
Por esas cosas de la vida, a la profesora Palmieri, se le atrasaba la entrevista con la directora de la escuela, para que le de el “okey”, y puedan comenzar mis compañeras. Tanto fue, que solo me perdí las entrevistas a la directora, la vicedirectora y un acto escolar, el del 20 de junio, día de la bandera. Esto me puso mejor, y más animada nuevamente, ya lista para comenzar con todo.
Por fin llegó el día, ingresamos el 22 de junio, a las 7:45, esperamos un ratito en el hall que ingresen todo los chicos. Nos recibe la vicedirectora, quien nos indica a qué grados, debemos ir. A mi compañera pedagógica y a mi nos tocó quinto grado; estábamos tan nerviosas, que subíamos las escaleras para ir al aula como en el aire. Entramos y nos reciben dos maestras, Nora y Silvana. Miro a los chicos, todos observando lo que estaba pasando, nos presentan hacia ellos y nos saludas con unas sonrisas grandes y con ojitos curiosos. Las maestras nos dan la bienvenida y nos explican que ambas están encargadas de dos áreas, cada una; y rápidamente nos dan un lugar. Ahí mismo comenzó mi semana de observación.
En el transcurso de los días, me sorprendí porque los chicos y chicas, a pesar nos miraban con curiosidad, no se inhibían, y hacían sus cosas como si no estuviéramos allí. Esto fue bueno para nosotras, ya que pudimos observar bien sus conductas y captar al máximo como trabajaban, en grupo e individualmente, los treinta y dos alumnos.
Participaban todos, les gustaba preguntar, las clases eran lindas y cada día aprendía algo.
¡Hasta que llego el gran día, tan esperado! Fue un martes, estaba contenta y la verdad nada nerviosa, parecía que mis nervios habían quedado en casa. Y así fue, cuando me pare delante de ellos, y les dije: “¿comenzamos?, hoy Ciencias Naturales”; todas sus miradas se posaron hacia mí. Trate de soltarme lo más que pude, y creo que se noto, porque ellos participaron con ganas y me contaron todo lo que habían hecho con sus experimentos en el laboratorio, para poder llegar al contenido: método científico y ciencia.
Mientras que me iban contando, lo que habían hecho, yo actuaba como coordinadora y escribía lo que ellos me decían; ¡estaba encantada!
Trate de que no notaran la diferencia con su maestra de área, y yo, para que interactuemos juntos.
Cuando finalice, estaba feliz y conforme con lo que había hecho.
Las dos semanas de práctica, se pasaron volando, durante esos días ayudamos a las maestras en todo lo que nos pedían, pasábamos lista, y también tuvimos la suerte de aportar nuestro pequeño granito de arena para el acto escolar del 9 de julio, lo cual me gustó mucho porque de todo se aprende y en estas ocasiones, algo muy lindo.
Mi paso por quinto grado A, me dejó un recuerdo que voy a guardar en mi corazón en mi memoria, dos maestras muy dispuestas a ayudarnos y aconsejarnos con todo; nos tuvieron paciencia a ambas y en todo momento se mostraron alegras con nuestra presencia. Los chicos y chicas nos reglaron su sonrisa diaria y su cariño; y por supuesto sus ganas de aprender, uno más remolón que otro, pero aprender al fin, y con nosotras.
Así finalizó la primera parte de mis prácticas áulicas, en segundo ciclo.

El día 25 de agosto, regresamos a la Escuela N°6, para cumplir con nuestra segunda etapa, ya con un poco menos de nervios, pero si con ansiedad, para saber qué grado nuevamente nos tocaría. Esta vez primer ciclo, y nada más ni nada menos que primer grado, los más pequeños de la escuela. La idea un poco nos asustó, cuando la vicedirectora nos lo designó, por los prejuicios que siempre se oyen, por todas las docentes, que es trabajoso, que cuesta, que son inquietos, etc. Pero una vez allí, no fue tan así.
Subimos las escaleras, porque ellos se encontraban en la biblioteca, nos presentamos con la docente, Patricia, quien nos recibió muy amablemente, con sus veintinueve alumnos. Los niños y niñas, nos miran atentos/as.
Allí se encontraban investigando sobre el aire, algunos leían y otros observaban las imágenes; estaban tranquilos, agrupados de a dos o tres.
En nuestra primera semana de observación, pudimos ver como se organizaba la maestra, lo cual me sorprendió mucho, como ordenaban sus cuadernos, para que la docente se los corrija, como se quedaban en silencio con palmas, (cuando estaban un poco alborotados), que ellos mismos las pedían, o mismo para que presten atención, como recordaban los días que debían ir a computación o al laboratorio, o mismo hacer alguna actividad especial.
Ya en dicha semana, comenzamos ayudarla, porque la docente nos daba el lugar para hacerlo y de hecho a nosotras, a mi pareja pedagógica y a mi me sirvió mucho; estar ahí viendo como ellos escriben sus primeras palabras y oraciones, y como resuelven sus primeros problemitas.
Luego de preparar las planificaciones, nos enteramos que la profesora de Práctica, Liliana Palmieri, se fractura el tobillo, y por ende toma licencia.
Este hecho, nos tenía bastante mal, ya que no sabíamos quién nos iba a mirar las planificaciones y quien nos las iba a corregir.
Por suerte, en quince días o un poco más, nos designaron una profesora suplente, Adriana Varela, nuestra profesora del año anterior. Muy buena persona y docente.
Ya más tranquilas, la maestra de primer grado, Patricia, nos deja su lugar y comenzamos. Las áreas que me tocaban dar eran Ciencias Sociales y Prácticas del Lenguaje. Me gustó mucho preparar los temas y las clases, y más cuando tuve que darlas.
En Ciencias Sociales, dí la ropa y los peinados de antes, observamos fotografías reales y de revistas, las comparábamos con la de ahora y ellos me contaban, aquello que sus abuelos, les contaron que usaban, cuando eran chicos, fue muy fructífero el intercambio entre todos. Participaban, contaban, preguntaban y todos juntos armamos una lámina grande para el salón y una carpeta con dibujos propios: “La ropa y los peinados de antes”
En Prácticas del Lenguaje, la fábula, “El león y el ratón”, les conté. Estaba nerviosa, lo tengo que admitir, narrar no es nada fácil y más a niños y niñas de primer grado, que se distraen, charlan, se molestan e interrumpen. Pero más allá de todo eso, en el momento de la reconstrucción de la fábula, todos levantaban sus manitos, todos querían contarlo a su manera…fue muy lindo y enriquecedor.
Luego ver sus dibujitos hechos con lana, colores y fibras, hasta sus caritas de sorprendidos cuando les llevé a los personajes de la fábula, en peluches. Estaban felices, se peleaban por tenerlos y jugar con ellos.
Por suerte salió todo más que bien, fueron dos semanas en las cuales aprendí muchísimo, me encariñé con cada uno de ellos, quienes me regalaban día a día, sonrisas, besos y abrazos; y al finalizar me dí cuenta que esos prejuicios ya no existían, al contrario, se habían revertido.
La despedida fue muy emotiva, y fue un momento el cual no voy a olvidar nunca.

Mi experiencia como docente, fue maravillosa, el trato con los niños y niñas no lo cambio por nada, sus sonrisas, besos, sus ganas y entusiasmo de aprender son increíbles; y este tipo de cosas me hacen seguir adelante con la carrera y aportar un granito arena, para la educación del futuro de los niños de nuestro país.

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