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lunes, 27 de diciembre de 2010

Enseñando el sonido aprendí a escuchar, por Claudia Gonzalez veloz

Enseñando “El sonido” aprendí a escuchar.

Otra vez empezaba mis prácticas, ahora en 5to grado, con nuevas expectativas y nuevos miedos. Luego de pasar por 2do grado, en el primer tramo de mis prácticas, con una relación tensa con la docente y con ciertos detalles a mejorar, que había reflexionado en las vacaciones de invierno; me dispuse de la mejor forma y encaré este tramo de prácticas más seriamente. Si bien los contenidos no me asustaron, es más, ya tenía un arsenal de recursos para 5to grado, y había estudiado de la “A” a la “Z” el Diseño Curricular de las áreas que me tocarían, mi problema en esta ocasión fue, lograr incentivar a esos chicos, cómo me pararía frente a ellos, ya que a los chicos de 2do, con un aspecto más maternal, los había cautivado.
Estos chicos eran gigantes. Casi de mi altura, todos con más años que los que debían tener en 5to grado. La situación me inquietaba. En la semana de observación dudaba del momento en que empezaría con mis clases, me imaginaba frente a ellos, intentaba observarlos detenidamente, saber sus nombres y sus perfiles. También me concentré mucho en cómo las docentes a cargo, lograban captar su atención. Terrible fue el día que presencié la clase de Inglés, ese día vi el caos escolar, recordé mi 5to grado y empecé a desenmarañar la situación en la que me encontraba. Tenía dos opciones, abandonar la batalla o prepararme profesionalmente para la tarea.
En la semana de preparación de planificaciones, logré armar 6 clases, que a mi gusto, estaban como yo creía conveniente. Al mostrarles mis planificaciones a la docente de área del Profesorado, me dio el visto bueno y en ese aspecto quedé muy satisfecha. Pero, ¿cómo lograr la atención de esos chicos?, que poseían tanta información que sobrepasaba los manuales, que eran grandes, que hablaban como grandes, que manifestaban tantas dudas, como las dudas que yo poseía taladrándome la cabeza en esos días.
Durante la semana de descanso, todos los días dediqué unas horas a preparar todo para mis clases, los disparadores eran mi as bajo la manga; ya desde el primer año, mi profesora de Didáctica nos insistía en la importancia del disparador, ella nos decía que si el disparador era el indicado, la clase saldría exitosa. El tema a enseñar, es decir, con el que debutaba en 5to grado, era “El sonido” y como si fuera una burda burla del destino, el grupo de chicos no solía escuchar demasiado a las docentes. Para el primer día, bajé de Internet sonidos graciosos y habituales. Para el segundo día, hice una historieta y para el tercero una infografía del aparato auditivo, con sus partes pintadas a mano. Además de los recursos a usar, recopilé mucha información, quería estar preparada, ya que esa semana de observación me había dejado ver, que los pequeños angelitos de 5to grado, eran esos niños que suelen hacer poner nerviosas a las maestras y muchos de ellos disfrutaban cuando sus docentes de área se equivocaban.
Finalmente llegó el día, llevé a mi hija al colegio y tomé el colectivo que me llevaría hacia la escuela de mis prácticas. En el camino, saqué la carpeta didáctica y releí la planificación, pero mi corazón se salía del pecho, más bien retumbaba en mi estómago y una voz aterradora me decía al oído, ¡¿Cómo vas a hacer para que te escuchen?!.
Llegué a la escuela y la primera hora era la mía, entré al aula y saludé a los chicos; respiré hondo y, como si fuera un film de Hollywood, pasaron en un segundo por mi cabeza, distintos personajes que me habían acompañado durante mi formación docente: Davini y sus conocimientos previos, Pozo y la motivación inicial, Dale y su cono del aprendizaje, Morin y la complejidad, Saviani y el poder de los docentes, Torp y muchos otros más. Frente a mí, estaba un pequeño esquema, que nos había entregado una profesora de Didáctica, sobre la problematización. El más importante de todos los personajes, que me visitaron en esa fracción de segundo, fue Freire, con él se me fueron todos los miedos. Y logré empezar mi clase, que no fue una clase maravillosa, fue un experimento para mí. Comencé haciendo escuchar los sonidos a los chicos, ellos se reían y disfrutaban, todos me prestaban atención, luego anoté los conocimientos previos en el pizarrón, tal cual lo hacía una maestra mía en 5to grado, casualmente. Después, el planteo de la hipótesis; la experimentación, con silbatos y bandas elásticas y por último, la conceptualización. Los chicos hablaron más que yo y eso fue lo que me llenó de felicidad, escucharlos y entenderlos, en esa hora, que, a pesar de durar 40 minutos, para mí duró 10 minutos solamente.
Lo que resultó místico, fue que durante la clase, olvidé mi condición de estudiante, olvidé a la docente a cargo y hasta olvidé a mi pareja pedagógica; como si fuera poco, recordé el nombre de todos y supe mantener a los chicos atraídos por el tema, sin recurrir a gritos ni nada por el estilo, recorrí todo el salón y mi letra cursiva en el pizarrón, era redondeada perfecta, como la de las verdaderas maestras.
Los días siguientes fueron iguales, aunque con más tranquilidad y aplomo, ya no me recorrían la cabeza la teoría de Piaget, Vygotsky y los libros de Didáctica, ahora ya tenía una pequeña fórmula para esos chicos, para los chicos de 5to grado, que en un principio me habían resultado tan grandes, y con el correr de los días, se habían ido achicando, volviendo a ser chicos, con la cara dulce y con una curiosidad digna de ser admirada y alimentada. Esta formula que encontré fue escucharlos, pero escucharlos en serio, creo que esta fue la mayor enseñanza que recibí de mis 30 chicos al enseñarles “El sonido”, aprendí de ellos un poquito a ser maestra, pero también aprendí que la mejor forma de enseñarles es respetándolos, escuchándolos y trabajando para ellos. Y que el mejor sonido que una docente puede escuchar, es el de sus alumnos participando en clase.

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