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lunes, 27 de diciembre de 2010

Autocorrección, por Roxana Masi

Al terminar el recreo, los alumnos suben acompañados por la docente Nora, que será quien les dé su clase de Matemática.

Luego de copiar el título en el pizarrón (“Repasamos operaciones con fracciones”), intenta verificar si han comprendido el tema. Los alumnos no responden o lo hacen de manera equivocada. Ella, que en todo momento y de ahora en adelante se dirige hacia nosotras buscando opinión o convalidación de su apreciación, enfatiza en voz alta que “se nota que a los alumnos ese tema les cuesta…”. Ríe y recuerda que lo mismo ocurrió cuando dio el tema de la división.

Recuerda en voz alta para todos los alumnos, el procedimiento en cuestión con un lenguaje coloquial:”…deben buscar el denominador más chiquito…” - aconsejó.

Al no haber respuesta de los chicos, la docente decide que uno de ellos, a quien llama por el apellido tal como lo hace con el resto, pase al frente y realice la operación que está escrita en el pizarrón. Suena el timbre de su celular. La docente responde la llamada.

Los alumnos, en su mayoría participan activamente, aunque de modo equivocado porque desconocen las tablas.

La docente les pide que no adivinen, sino que consulten la hoja donde las habían copiado tiempo atrás.

La docente ayuda a un alumno en la resolución de una operación. Dice: -“¿Seis por ocho?”. El alumno le responde: “El cu… te abrocho”, (se trata del mismo alumno repetidor que además tiene problemas de dicción).

A continuación, la docente lo llama para hablarle en privado, a un costado del resto, en un lugar cercano al escritorio. Le advierte que lo mejor que le podía suceder era que nosotras (las practicantes) no lo hubiéramos escuchado; y luego dirige hacia nosotros la mirada, asintiendo con la cabeza.

La docente retoma el tema ahora explicando la simplificación y amplificación de fracciones. Nos mira y nos dice que parece que no entendieran nada… Pregunta, luego, en voz alta si alguien no ha entendido.

Un alumno levanta su mano y ella se dispone a volver a explicar citando ahora, dos ejemplos para aclarar el panorama.

Una alumna comenta que había concurrido a la maestra particular. La docente la interrumpe y afirma que generalmente eso empeora el entendimiento de los alumnos ya que les explican cualquier cosa.

Después del intercambio oral con los alumnos, dice que parecieron haber entendido. Mira el reloj en su muñeca. Se sobresalta y pide que guarden los útiles con rapidez debido a que ya era la hora de salida.

Dirigiéndose a mi compañera y a mí, nos dice que era extraño que su compañera, la docente Silvana, no le hubiera avisado que ya estaba era tiempo de bajar, ya que era una conducta usual entre ellas, que Silvana fuese quien estuviera más atenta a los horarios.

Ante todo este contexto tan impregnado de violencia simbólica, decidí que mi práctica de clase pusiera especial énfasis sobretodo en los chicos manifestaban mayores dificultades en la comprensión de los temas.

Así fue que habiéndome designado el tema de cuadriláteros (más específicamente su clasificación y construcción) me dediqué a investigar y recopilar toda la información posible. Consulté manuales de alumnos en Biblioteca, libros de didáctica de la geometría para docentes, e incluso le planteé a mi profesora de Matemática, mi inquietud acerca de cómo abordar el tema colocando a los alumnos frente a una situación confusa, o problemática, para que fuesen ellos quienes identificando el problema, aprendieran, mediante la investigación o indagación, a arribar, finalmente, a la solución más viable.

Mi profesora de Matemática del Instituto se mostró en todo momento interesada y dispuesta a colaborar conmigo, facilitándome todo el material que tenía a su alcance, que resultaba sumamente útil para usar de consulta, además de una cantidad de alternativas para implementar como “disparador” de la clase.

Una vez que tuve todo lo que recopilé acerca de Geometría, dispuesto sobre mi mesa de trabajo consideré que era momento de acomodar también mi mente, para de una vez por todas, decidir en qué consistiría ese bendito “disparador” que lograra captar la atención de los chicos ante un tema que, a priori, yo consideraba de escaso interés. Debo reconocer que los alumnos de este 5to. grado, siempre que pude observarlos detenidamente, me parecieron difíciles de “entretener”, sobre todo si tenía en cuenta su edad y que por no ser, ni niños pequeños, ni aún adolescentes, no llegaban a tener, ellos mismos, bien definidos sus gustos e intereses. Eso me generaba un temor particular. Pero, no tenía otra alternativa más que afrontarlos, y ver cómo finalmente saldría mi puesta en escena. Decidida, puse manos a la obra y elaboré un completo, interesante, y, por qué no “entretenido”, plan de clase.

Las semanas rápidamente pasaron y el día de mi práctica de clase llegó. Entré al aula, esbozando una sonrisa relajada, porque con todo lo que había investigado y estudiado estaba segura y tranquila que nada podía fallar.

La clase comenzó con una experiencia que realizaron reunidos en pequeños grupos, entre quienes repartí los materiales necesarios para realizarla sin problemas… y así fue: “sin problemas”, (al menos el primer módulo…).

Terminando la actividad que proponía mi consigna, sonó el timbre del recreo y todos salieron, y sin que pudiera pensar mucho, regresaron también, (¡nunca me resultó tan corto un recreo, en esa escuela!).

Como pude pegué la lámina en el pizarrón y los invité a descubrir las figuras que allí estaban representadas con elementos que usualmente teníamos en nuestro hogar. Los nombres eran correctos, lo que llamó poderosamente mi atención es que las figuras que ellos identificaban no les correspondían. Pensé en aclarar la cuestión graficando en el pizarrón una figura simple, como es el rectángulo, en la que ellos me fueran diciendo, a partir de la observación directa, las características de cada uno de sus lados. ¡Tampoco supieron reconocer la diferencia entre opuesto y adyacente, menos aún entre paralelos y perpendiculares!

Suspiré tan profundo, que ingresé en “estado Alfa”, pura introspección que me llevó a agradecer con el alma, a haber dedicado parte de mi vida a dar clases de apoyo las que me favorecieron al momento de afrontar una situación como esta sin perder la calma, y, por supuesto a la bibliografía consultada y a la profesora, que también con lo suyo contribuyó.

Cinco segundos más tarde, abrí mis ojos al mundo, es decir, a los alumnos del aula y recordando la estrategia del ABP (Aprendizaje Basado en Problemas) comencé a preguntarles sobre cosas simples (por ejemplo: “¿qué pensaban ellos que estaba enfrentada o en el lado opuesto a la puerta de entrada al salón?”). También se me ocurrió ser aún más gráfica e identificar con letras a los vértices de la figura que había realizado (Ejemplo: lado ab, bc, cd y ad). Claro que no siempre participaba el mismo, recordé de inmediato que muchos de ellos casi pasaban inadvertidos por las maestras, así es que, recorriendo el salón, pude localizarlos con la mirada, casi al mismo tiempo que los invitaba a participar. Les pedí que lo hicieran sin temor a equivocarse, porque la consigna era “como es tema nuevo, si me equivoco no es malo, al contrario ayuda a que no me suceda la próxima vez”. Y, de ese modo, todos entretenidos, prestaron la debida atención y demostraron ser mucho más capaces de lo que la señorita Nora creía, resolviendo correctamente todo cuanto problema les plantease.

En lo personal me sentí orgullosa por haber podido realizar una buena transposición didáctica, consiguiendo que los niños se apropien de un nuevo aprendizaje que más tarde les servirá de andamiaje para la aprehensión de nuevos y más complejos saberes.

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