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martes, 30 de noviembre de 2010

Biografía, Roxana Massi

Mi biografía escolar

Con sólo cuatro años ingresé en el sistema educativo, al jardín de infantes para ser más puntual. Recuerdo que mi mamá decía que me había inscripto en el jardín de infantes desde tan pequeña porque me caracterizaba por ser muy apegada a ella y por tener una personalidad muy “introvertida” (según el “diagnóstico realizado por mi entorno social), y ello, seguramente, contribuiría favorablemente al desapego. Sin embargo, y muy a pesar de sus argumentos y justificaciones, tener que ir cada mediodía al jardín, era para mí, sinónimo de llanto y sufrimiento.

Recuerdo llegar a la puerta del establecimiento, ver a la señorita Rosita, de sala “rosa”, (hoy sería sala de tres años) que nos recibía, cada día, en la puerta de ingreso, y yo comenzar a llorar desconsoladamente hasta el punto de conseguir que mi mamá desistiese de dejarme y optara por llevarme de nuevo, con ella, a casa. Las pocas veces que me quedaba, no jugaba con nadie, prefería quedarme a un lado observando con timidez cómo los demás inventaban situaciones, y se relacionaban en los distintos sectores del aula que estaban destinados a juegos diversos (un sector simulaba ser una cocina de una casa de familia, otro era para dibujar con lápices, crayones o témperas, otro de juegos de encastre, y, el último, -si no me falla la memoria-, era el lugar donde estaba el baúl de los disfraces que hacía las veces de vestidos y de escenario para representar breves historias de princesas y príncipes. Aquella manía mía de llorar sin descanso hasta conseguir que no me dejaran en el jardín, se repitió con la señorita Jorgelina de sala “celeste” y con la señorita Cecilia de sala “verde” de aquella escuela N° 42, de Remedios de Escalada.

Al comenzar el ciclo lectivo en mi escuela primaria Fray Mamerto Esquiú N° 18 de Lanús, todo comenzó a cambiar, pues por más que llorase ríos de lágrimas, concurrir a la escuela, en esta instancia, se había vuelto obligatorio. Así, asistía a clases todos los días, siempre a las corridas porque como me había tocado el turno mañana, mis papás tenían que desayunar a las apuradas, cambiarse, cambiarme, lograr arrancar la camioneta y, salir rumbo a la escuela, todo en un lapso de quince minutos.

En lo personal, me aboqué al estudio resultando ser tan aplicada que no era de extrañar encontrarme cada año en la lista de quienes merecían estar en el “cuadro de honor”; no me relacionaba con mis compañeros porque consideraba que no teníamos las mismas inquietudes, y tal como solía hacerlo en el jardín de infantes, cada recreo, me ubicaba a un costado, mirando a mis pares divertirse y jugar. Esa rutina mía, permaneció intacta durante años, fueron los primeros cinco, -para ser más precisa-, ya que, después de unas intensas vacaciones, al comenzar sexto grado, todo se transformó en mi. De hecho, entablé relaciones con las nenas de mi grado, haciendo muchas amigas, concurría a los cumpleaños y “asaltos” que se realizaban, me puse más coqueta, iba al club y a inglés particular. Tenía amigos por todos lados.

En cuanto a las maestras que tuve durante esos siete años, hay una que recuerdo especialmente, y a quien he ido a saludar en más de una oportunidad, décadas después de haber egresado de la escuela primera, mientras ella aún estaba ejerciendo la docencia. Se trata de mi señorita Edith Tato. Recuerdo que, haciendo la asociación con Tato Bores, donde “Tato” era nombre de pila, haberle preguntado a mi mamá cuando comenzaba mi primer día de primer grado (valga la redundancia) si justamente “Tato” era el nombre porque no lo tenía claro… En fin, fue mi señorita los dos años consecutivos, y la recuerdo seria, exigente, agradable, conseguía que siendo niños y niñas de no más de seis y siete años, estuviéramos en silencio atendiendo todo cuanto nos explicaba. Siempre está dentro de mis más gratos recuerdos de aquella inocente época, mi niñez.

La escuela secundaria fue “el broche de oro”, el tope de mi realización como “ser social”; basta hacer mención de la distinción que obtuve por el hecho de haber sido elegida mejor compañera de mi clase. Todo un “suceso”, si tengo en cuenta lo mucho que me costaba entablar una conversación en mis comienzos en la escuela. Cierto es que tuve grandes amigas. Éramos un grupo de ocho mujeres, todas alineadas formando una fila de bancos, una de las tres o cuatro filas que entraban en el salón de clase. Éramos el grupo de las “zafadas”, al menos así nos enteramos que no llamaban; pero no sólo a ellos se les había ocurrido ponernos un rótulo, es más, muchos antes nosotras ya los conocíamos como “los de la iglesia“, y al resto directamente les decíamos “los indefinidos” porque no estaban ni de un lado ni del otro. Fueron buenos años, muy divertidos donde aprendí de todo y en las más diversas variantes, tanto en lo social como en lo formativo.

Vienen a mi mente dos profesoras, hermanas ellas, eran “las Atallah”: “la Atallah de Biología”, que tuve primero por un par de años, y luego, de tercero a quinto conocimos a la otra, “Atallah de Matemática”. Debo decir que una parecía ser la antítesis de la segunda; todo el alumnado incluyendo el cuerpo de docentes, coincidíamos en eso. La profesora de Biología, era un monumento al Conductismo de Watson y Pavlov, nosotros sus alumnos, como meros receptores de información, no teníamos chance alguna de ejercitar nuestra mente a través de conjeturas o hipótesis, menos aún ser críticos y reflexivos. Lo único que estaba en juego en su clases era “la memoria”, ni más ni menos. En cambio, “Atallah de Matemática” era la imagen viva del constructivismo. Sus clases eran pura reflexión. Apelaba siempre al pensamiento inductivo, tanto como al deductivo. Es de quien he aprendido todo lo que sé. A ella también se lo debo…y a “la” de Biología, también, porque ella como tantos otros me mostró aquello que, el día de mañana, cuando sea mi momento de estar frente a los alumnos, realmente no quiero hacer. Por todo y a todos, por lo tanto les brindo mi agradecimiento…

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